Una herencia que florece en el desierto mendocino
«Comencé mi colección de cactus casi por casualidad… o quizás no tanta. Heredé cientos de plantas y sobres de semillas que mi abuelo fue atesorando a lo largo de su vida, y allí germinó esta pasión.
Mis bisabuelos maternos llegaron desde Berlín después de la Segunda Guerra Mundial, cuando mi abuelo tenía doce años. Él solía contar que, la noche en que decidieron marcharse, su padre ‒aviador en la Primera Guerra‒ desplegó un mapa en la mesa, apoyó el dedo en un rincón lejano y sentenció: “Aquí nunca llegará la guerra”. Ese lugar era Argentina.
Primero se establecieron en Buenos Aires y luego en Córdoba, donde cultivaron frutales. Fue allí donde mi abuelo descubrió los Gymnocalycium: pidió catálogos a viveros alemanes y, más tarde, de toda Europa. Ya con hijos adolescentes, la familia se mudó a Mendoza y abrió un café en la ciudad de San Martín.
Cuando mi abuelo falleció, mi abuela me confió una carpeta repleta de folletos y catálogos amarillentos. Atesoro cada página: son retazos de la vida de ese hombre de ojos grises de quien heredé no solo las plantas, sino también el espíritu curioso.
A mi regreso de estudiar Floricultura en la UBA, comprobé con alegría que muchas de aquellas semillas seguían viables. Empecé a sembrarlas ‒primero por curiosidad, luego con la idea de producirlas para la venta ‒ mientras trabajaba en el vivero familiar, Jardines Andinos SRL. Un distribuidor de Buenos Aires nos visitó con una colección inmensa de cactus; la compré completa para ampliar mi propio plantel de madres.
Para 2012 ya contaba con abundante material: hijas de las primeras plantas y semillas de la colección de mi abuelo. Ese año, junto a mi amiga Marcela Prado, decidimos independizarnos y dedicarnos por completo a este universo fascinante de cactus y suculentas. No podíamos haber elegido mejor provincia: ¡Mendoza, un lugar donde los cactus crecen felices!
En 2017 formalizamos la producción y creamos Denmoza SA ‒ un anagrama de Mendoza y nombre de una especie nativa ‒. Empezamos a producir a gran escala y a abastecer viveros de venta al público en todo el país. Gracias al intercambio con coleccionistas y colegas, nuestra colección de plantas madre creció sin parar. La calidad es nuestro norte; la pasión, el motor que nos impulsa.
Vivimos en un oasis labrado durante siglos en medio del desierto. Por eso defendemos los jardines sostenibles: cuidar el agua es prioridad. Creemos que, al ofrecer estas especies de bajo requerimiento hídrico, contribuimos a llenar de belleza y conciencia cada rincón de Argentina.
En 2019, junto al Ing. Miguel Cirrincione y la Arq. Paula Carpio, construimos nuestras oficinas y un jardín demostrativo que muestra todo lo que se puede lograr con cactus y suculentas. Te invitamos a conocerlo y a recorrer nuestro cultivo.» Paula Freire



















